El Fin de la Tierra

El lunes se me deslizó entre los dedos. Paseamos, comimos, nos reencontramos con gente, bebimos en un parque. Santiago de Compostela fue nuestro patio de recreo por un día.

Ayer, a pesar de la tentación de repetir, seguí otra clase de instinto que me llevó en solitario a Fisterra. Creo que el mar me llamaba.

Fisterra ya fascinaba a los romanos. Se cree que fue durante muchos siglos un lugar de culto al sol que servía para rituales de fertilidad y que se acabó cristianizando. El Camino, en realidad, pasa Santiago de largo y acaba allí. Me pregunto cuánto tenía el Camino de pagano y cuánto de cristiano en sus orígenes, a quién se iba a venerar en realidad. Tengo la sensación de que la Iglesia se ha adueñado de muchos símbolos y costumbres en esta tierra. 

La Costa da Morte es una sucesión inagotable de rías, montañas, bosques, playas blancas y pueblos de difícil acceso. Fisterra está, como bien dice su nombre, al final de todo. Allí, de pie, parece que con un simple salto te puedes plantar en América mientras le sacas la lengua al Atlántico. El faro se erige altivo, te acompaña con su presencia imponente. Es consciente de su importancia como guía en la zona. 

Los caminantes abandonan pertenencias por toda la montaña, como si quisieran dejar constancia del esfuerzo que ha supuesto llegar al fin del mundo. Comí mi último almuerzo en la última piedra accesible, acompañado por unos zapatos abandonados al borde del acantilado y con la vista fija en el mar.

De vuelta a Santiago por la noche me reencontré por fin con Charlotte y otros caminantes conocidos, y la última noche con él se ha hecho larga y corta al mismo tiempo. 

Nos hemos despedido con un “See you” y una sonrisa, y ahora mismo, en el aeropuerto, no soy capaz de ordenar los pensamientos. Necesito tiempo para asimilar el Camino, todo lo que he aprendido. He dejado cosas pero también me llevo mucho. 

No se me ocurre mejor homenaje a esta experiencia que dejar aquí unas fotos. Algunas se autodestruirán en un par de días. Las demás, que sirvan de invitación para futuros caminantes.

 

 Otros caminantes

 Moderna de pueblo

Gracias por leer y Buen Camino.

Anuncios
El Fin de la Tierra

Santiago de Compostela, todos estos siglos

He caminado rápido durante gran parte de la mañana. Dejaba atrás los últimos trechos de bosque empujado por el entusiasmo de llegar a Compostela. La lluvia ha sido intermitente y la tierra estaba húmeda. Las pisadas sobre la hojarasca, los charcos y el barro emulaban un paseo sobre mis mullidas esperanzas, mis emociones confusas. 

  Expiro y sonrío

Subiendo el Monte do Gozo he entendido finalmente por qué he recorrido estos 500 km. Siguen siendo válidas las razones primigenias: la gente, la cultura, el verde. Pero viendo Santiago a lo lejos he llorado como un niño al darme cuenta de que esta prueba autoimpuesta, quizá inconscientemente, me ha servido para recuperar la confianza en mi cuerpo, en mis brazos y mis piernas, como una suerte de autoestima física que vuelve tras un periodo de reclusión en un cuerpo que envejeció de golpe, mucho más rápido de lo que le tocaba. 

  

Entrar caminando en Santiago comporta una carga simbólica abismal. La sangre te corre por las venas como los rápidos de un río embravecido. Sabes que has llegado hasta aquí con tus piernas, que has llevado la mochila a la espalda durante cientos de kilómetros. Recorres el casco antiguo de camino a la Catedral con la emoción del que finaliza algo especial y el vacío que deja el cumplir un objetivo. Recuerdas a la gente, te preguntas quién habrá llegado, quién estará en la plaza, quién se habrá marchado ya de aquí y sabes que a la mayoría no les volverás a ver nunca, pero así está bien. 

Y, así, paso a paso, con el sonido de una gaita en los arcos de acceso, entras en la Plaza del Obradoiro, dominada por la piedra centenaria que te mira desde sus cuatro lados con el debido respeto. Lleva ahí todos estos siglos, imaginas todos los caminantes que habrá visto. La piedra, oscura y anciana, te saluda mientras la contemplas desde el centro de la plaza, sentado, apoyado en la mochila, rodeado de turistas y locales que no entienden bien, no pueden entender bien lo que llevas dentro.

  Fachada andamiada, lateral no andamiado. De ahí la foto.

Los pensamientos surgen en torrente. Esto no es ninguna gesta heroica, no he salvado a nadie ni he hecho nada que no hayan hecho millones de personas antes. Pero hacerlo, para mí, ha sido importante. Al cabo de un rato sales del estado catatónico y miras alrededor. Enseguida percibes entre la muchedumbre a los otros caminantes. Suelen ir solos, estar callados y observar mucho. Algunos se saludan entre ellos con gestos dignos de grandes reencuentros. En veinte minutos recibes tres abrazos, uno de ellos de Juani, la mami del Camino. En diez minutos más ya sabes cómo conseguir la Compostela y cuál es el albergue más barato. La mejor guía del Camino es cualquier otro caminante.

Recoger la Compostela forma parte de los rituales del peregrino. Es el certificado que te otorgan cuando comprueban los sellos de tu credencial y corroboran que has hecho el Camino, en mi caso desde Burgos. Me ha satisfecho ver en la lista donde he puesto mis datos personales que mucha gente marcaba la opción “Motivos únicamente deportivos/culturales”. Con ella en la mano, lleno de barro, mochila a la espalda y ojos de cansancio, he recorrido el trayecto hacia el albergue del Seminario Menor pensando en él, en si nos encontraríamos antes o después, sin dudar ni un momento en la posibilidad del encuentro. Ya en la recepción, esperando la llave de mi cuarto, alguien que llegaba de la calle se ha apoyado con candidez en el mostrador, a un metro de mí. No me ha hecho falta girarme para saber que sus ojos miel miraban al suelo. No he necesitado mirarle para saber que él también sonreía.

Santiago de Compostela, todos estos siglos

Conceptos

LA MOCHILA:

Parece mentira que todo lo que se necesite para sobrevivir quepa en una mochila de apenas 7,5 kg. Cargas con ella en una especie de simbiosis donde los dos salís ganando. Ella te lleva las cosas y tú le enseñas el mundo. Y si un día se porta regular y te hace más daño del normal, la castigas cara a la pared. 

  Verás cómo se le bajan los humos

LA DISTANCIA:

Hay mil señales que indican que Compostela se acerca. Unas marcan la distancia exacta, como los molestos mojones que aparecieron al entrar en Galicia con la cuenta atrás del kilometraje. Hace varios días pasamos el famoso y solicitado bloque de piedra que marca 100 km a Compostela. En un acto de pura rebeldía jamesdeaniana, preferimos hacerle la foto al abandonado y solitario mojón del kilómetro 99.

  Se le iluminó la piedra con los flashes 

Hay otras señales que aumentan en frecuencia a medida que se acerca el final. Son mensajes de ánimo dirigidos a Phil, a Laura y a mil nombres más, escritos en piedras, contenedores e incluso en el asfalto. Unos son del tipo “¡Tú puedes, Chris!”, otros son de grupos animando a algún rezagado, como “Te esperamos todos en Santiago, Jane”, y otros son mensajes de amor, como el que decía “Laura, te esperaré en la plaza del Obradoiro cada día a las 16. No me iré sin volverte a ver”.

EL DOLOR:

Caminar 26 km con varias heridas en los pies es complicado. Qué narices, es una putada. He tenido que parar en el centro médico de Arzúa (kilómetro 15 de hoy) para que me vendaran bien una herida y he seguido 11 km más, ya con menos molestia. No podía parar teniendo este paisaje por delante.

  

LOS ENCUENTROS:

Unos más inesperados que otros. Hace unos días fue una escultura la que me hizo detenerme en seco y abrazarla como a un viejo amigo.

  ¡Era una hormiga gigante!

Hoy, al llegar al albergue en Salceda, una chica a la que apenas he podido verle la cara me ha soltado un abrazo nada más entrar, con chubasquero y todo. Lo peor es que cuando le he visto la cara he seguido sin saber quién era. Entonces me ha dicho en francés: “Poco después de Burgos, un día que me encontraba mal, me adelantaste en el camino y me diste un puñado de avellanas. Eso me cambió el día.”

Me acuesto con un remolino en el estómago. Mañana, quizá, sea el último día de caminar, si los pies me dejan. Estoy nervioso, cansado, expectante y emocionado. Sobre todo emocionado.

Conceptos

Espiritualidad

Estamos a 50 km de Santiago. Cada río, cada ladera arbolada, cada bosque cubierto de musgo nos acerca inexorablemente al final. Son nuestras piernas las que, paso a paso, nos llevan a esa meta borrosa que se hace cada vez más presente. 

Galicia se presenta como una sucesión interminable de pueblos de piedra, montes repletos de vegetación, gente amable y caminantes. El Camino aquí se dibuja entre cruces, son cada vez más numerosas. La marcada espiritualidad de la zona se hace palpable incluso en los hórreos que salpican el sendero con sus cruces. La tierra desprende algo antiguo, las piedras parecen más inmóviles que nunca, como si llevaran ahí siglos. La mayoría de ellas, de hecho, lleva ahí siglos. Cuando llueve el paisaje se convierte en un escenario bajomedieval en el que se hace casi real la posibilidad de encontrarse con un cruzado en caballo blandiendo su espada contra algún mal invisible. 

  

Anoche hablamos de espiritualidad, no necesariamente religiosa. Reflexionamos sobre la cantidad de cosas que hemos dado por inválidas en Europa, esas otras dimensiones del cuerpo y el alma que gran parte de nosotros rechazamos de plano. En Brasil aún están muy presentes, forman parte del día a día de muchos de sus habitantes.

Ahora escribo con su cabeza apoyada en mi pecho. A veces nos cogemos de la mano en el camino. Cualquier excusa, cualquier foto, cualquier parada es buena para fundirse en uno. Nos hemos contado cosas que no le habíamos dicho a nadie. Lloré cuando me dijo que mis cicatrices le gustaban tanto como el resto de mí. Él lloró también. Ninguno de los dos esperábamos esto aquí. Y, sin embargo, hace cuatro días que caminamos juntos. Hoy nos separaremos para llegar mañana a Compostela solos. Creo que así es como debemos hacerlo. 

Sigo siendo yo el que camina, el peregrino ateo. Pero cómo no creer en la espiritualidad del ser humano cuando él, con sus ojos miel, ha conseguido meterse bajo la piel y hacerse un hueco en mi pecho.

Espiritualidad

…pero sabiendo que andábamos para encontrarnos.

Se erigen esbeltos sin el menor atisbo de flaqueza, cubiertos por la penumbra de una mañana que no termina de arrancar. Se agitan gráciles en movimientos casi imperceptibles. El viento que se abre paso entre ellos balancea sus copas en una danza de suaves silbidos. Las ramas de uno rozan las ramas del vecino, como diciendo “aquí sigo, viejo amigo, no nos vemos pero nos sentimos”.

Han visto pasar a miles de caminantes, testigos mudos de sus conversaciones y silencios. Cada anillo de sus troncos es un viejo disco donde se graban al instante los pensamientos de los peregrinos. Pasan por el sendero en un reguero infinito de ideas y miedos, dudas y certezas. Los troncos lo guardan todo: el monje medieval que custodiaba un libro santo; la madre renacentista que dio a luz allí mismo; el soldado republicano huyendo monte a través; el caminante veloz a la caza de alguien. Y si mueren, los secretos de la humanidad morirán con ellos. Y si se queman, los deseos de la humanidad se convertirán en ceniza que el viento esparcirá sin límites definidos. 

Se muestran inalcanzables pero amables, humildes, gentiles, dispuestos a ofrecerte abrigo en horas frías. Apenas amanece y ellos, aún tímidos y oscurecidos, permiten que la luz fluya poco a poco entre las hojas. La melodía del viento contra las ramas envuelve el camino y los árboles, guardianes eternos de sus flancos, protegen al caminante de los demás sonidos. 

Éste fue el primer regalo que el bosque me trajo hace dos días:

Sube el volumen

El segundo regalo, bien entrada la tarde de ese mismo día, fue verle aparecer a lo lejos por el sendero. Ojos miel, sonrisa nerviosa, el sendero, abrazo, mirada sostenida, abrazo, la nota, su pelo en mi mano, mi barba en su nariz, el portugués, el inglés, el castellano, la cena en grupo, la cena solos, el paseo viendo brillar Venus, historias, los amigos, las manos, lugares comunes y distintos, los cíclopes, la contención, la no contención, dos literas, el mismo saco, caminemos juntos, caminos distintos, el mismo Camino. 

…pero sabiendo que andábamos para encontrarnos.

No es solo uno, es la mezcla de todos

Estímulos para caminar, para seguir cuando te duele todo, para poder apreciar otros estímulos. Ni siquiera son los mismos cada día. Pero es que hoy han sido tantos, y tan distintos, que quiero escribir sobre todos ellos, sin un orden concreto, tal cual me salgan porque así es como se presentan, sin avisar. Tengo tal sobredosis de estímulos que, incluso ahora en la cama y con dolor de piernas, me muevo inquieto pensando en todos ellos. Aquí va lo que me ha ayudado hoy a subir a Cebreiro, a llegar a Galicia, a superar 28 km y una cota de 1.300 msnm:


• Jon, el fisio vasco que rebosa empatía. A todos nos ha mirado los pies, las rodillas, o la cadera en algún momento. He tenido la gran suerte de compartir con él, a solas, más de la mitad del trayecto. No sabría por dónde empezar a explicar por qué me maravilla. Por poner un ejemplo, sabe escuchar como nadie.

• El color. La intensidad de los colores es casi irreal. Es como si el pigmento de las hojas quisiera explotar y ocupar el aire circundante. El verde es eléctrico incluso cuando no le da el sol. Tengo que hacer la prueba acercando una bombilla.

  

• Bastoncio. El pobre hace lo que puede, pero sin él no habría subido hasta aquí hoy. A mitad de camino he tenido que repararlo, pero ha aguantado hasta el final como un campeón.

  El amor entre Peregrino y Bastoncio

• Los insectos. Si en cualquier momento te aburres, cosa harto improbable pero que puede pasar, solo tienes que mirar al propio terreno. El sendero es en todo momento un gran punto de encuentro de insectos y pequeños animales que lo cruzan de un lado a otro o te acompañan unos metros hasta que desaparecen por un lateral. Escarabajos, arañas, zapateros, babosas, hormigas, ciempiés, moscas, abejas, orugas, avispas, caracoles, mariposas, lagartijas, saltamontes. De todas las formas y colores. Es complicado que pase el día sin dar cuarenta traspiés para no pisarlos injustamente.

• Shirley. Canadiense de 67 años, recorre el Camino sola. Cuando lo termine comprará un pase de Renfe de Larga Distancia para un mes. Quiere ir a 4 ó 5 ciudades y conocer la cultura local, así que ha pensado en usar Couchsurfing.

• Los animales. Están por todos lados. A veces los ves, a veces solo los intuyes, pero te llenan de energía de igual forma.

  A veces se toman unas confianzas…

• Juani. La mami de los peregrinos, siempre está pendiente de todos. Recién separada, sus hijas le regalaron los billetes para que hiciera el Camino durante una semana. Ya lleva tres. Estoy deseando que se líe con Jon.

• Los paisajes. Sobre todo hoy, los paisajes. Aunque ninguna foto les haga justicia, aquí va un intento de “una imagen vale más…”

  “…que mil palabras”

• Lo inesperado. Como cruzarse una manada de 50 vacas con cuernazos en un camino de un metro de ancho. Y pegar el cuerpo cual lapa a una alambrada de pinchos conteniendo la respiración. Y reírse histéricamente cuando pasa la última.

  Momentazo “norespiresnorespiresnorespires”

• Saber que mañana veré el amanecer desde aquí arriba. Saber que tengo un email importante que responder. Saber que toda la gente que quiero lee esto. Saberte acompañado.

No es solo uno, es la mezcla de todos

La cigüeña atea

Estaba sentado en un banco de madera, en mitad de un pueblo totalmente desierto por culpa de esta cosa tan católica llamada domingo, cuando una cigüeña se ha posado en la otra mitad del banco provocando un gran revuelo de polvo y plumas.


-Hola. 

-Hola.

-Disculpa, se me da fatal aterrizar. 

-Tranquila, yo voy caminando en chanclas.

-Ah, eres de esos.

No he entendido bien a qué se refería pero miraba la mochila con desdén, así que he imaginado que estaba harta de peregrinos.

-Bueno, ahora no somos muchos.

-Ya, con el calor llega lo peor. ¿Vienes de muy lejos?

-Del sur de la península.

-Yo soy de aquí pero cuando empieza el frío también voy al sur, aunque mucho más al sur. Incluso paso un desierto enorme. 

-¿Pero naciste aquí?

-Sí, en aquel campanario, así que me considero de aquí.

-¿Ese es tu nido?

-No, ese es de mis madres. Vivo en este pueblo pero un poco más allá. Me gusta esto, no lo cambiaría por nada, pero no podría vivir cerca de ellas. Siempre mirando misas y pendientes del reloj de la torre, ¡uf!

-Ya, a veces se necesita distancia con la familia.

-¿Solo a veces?

Nos hemos quedado pensativos  durante un rato.

-¿Y no te gustaría vivir en la ciudad?

-¡Ni muerta! Mis primas construyeron el nido allí y se han vuelto gilipollas perdidas. Van con el pico en alto, como si fueran superiores por anidar en una catedral. Deberías ver como tienen el nido. Incluso vi un pendiente en forma de oso la última vez que las visité. ¿Se creen que van a atraer a una pareja mejor con semejante memez?

-En mi especie también pasa, no te creas.

-Eso sí, luego más beatas que nadie. No se pierden la misa así les arranquen tres plumas.

-¿Son muy creyentes?

-Como todo el mundo en esta zona. Aquí el bicho raro soy yo. Mi familia siempre ha sido tradicional a morir. Mis padres incluso me dejaron un flanco del campanario para que anidara, pero me negué en redondo. Paso de que me estén resonando las campanas en la punta del pico a cada rato. Además, cuando al cura se le cruza te tira el nido abajo, y vuelta a empezar. Deja, deja.

-Te entiendo perfectamente. Yo tampoco creo en las religiones.

-¿Por qué caminas entonces? Pensaba que eras de los que van haciendo fotos de iglesia en iglesia.

-Bueno… Alguna foto he hecho, pero porque estáis vosotras y me gustáis, no por la iglesia en sí.

-¿Me estás tirando la caña?

-¡No! Joder, no.

-Menos mal, habrías cruzado unas cuantas barreras. Entonces, eres ateo, ¿no?

-Exacto. Deduzco que tú también.

-Sí, del todo. Odio esa mentalidad rancia que por ser cigüeña me tengan que gustar las iglesias. Pues no me gustan y punto.

-Claro, eres libre de elegir.

-Qué bien que me entiendas. Algunos como tú me he encontrado, cada vez más. 

De repente, ha dado un picotazo en el suelo. Creo que había algún tipo de insecto. He preferido no preguntar.

-Oye, ¿por qué caminas solo? ¿No tienes pareja?

-No. Ahora mismo no es mi momento, aunque hace poco alguien me tocó la fibra más de lo que me hubiera gustado. Pero no. De todas formas, aunque tuviera, creo que también vendría a caminar solo. 

-Ya, yo también volaba sola de vez en cuando.

-¿Y tú? ¿Estás con alguien?

-Ya no. La perdí hace un par de años.

-Joder, lo siento mucho.

-Cosas que pasan. Íbamos hacia el sur en bandadas distintas y a la suya le pilló una tormenta horrible. Murieron muchas. 

-Imagino que tuvo que ser muy duro.

-Sí, llevábamos mucho juntas. Las cigüeñas somos monógamas y tenemos la misma pareja para toda la vida.

-Qué curioso. Bueno, con el tiempo quizá conozcas a alguien.

-No creo.

-¿Cómo que no? No lo puedes saber.

-Duermo, como y respiro todos los días en el nido que construimos juntas. Todas las temporadas vuelvo al norte y nuestro nido me espera. Ella eligió el sitio porque tampoco le gustaba la iglesia. Fíjate, otra cigüeña atea. Trajo las primeras ramas cuando yo ni me atrevía a aceptar que nos mudábamos juntas. Y ahora no me puedo separar de aquel nido. No podría compartirlo con nadie más.

-Te entiendo mejor de lo que piensas. Yo tengo una especie de barrera protectora contra relaciones. Una amiga la llama “pequeño muro de Berlín”. Imagino que no me durará para siempre, pero ahí está. Lo importante es no negarse la posibilidad de seguir hacia adelante.

-Puede, pero me estás reconociendo que te pasa algo parecido a mí.

-Sí, pero no por temas pasados, sino por miedo a que se trastoquen mis planes inmediatos. Quiero seguir solo un tiempo.

-Pues estemos solos. No tiene nada de malo.

-Ya, claro que no, pero los bloqueos permanentes tampoco son buenos.

Me he quedado callado con la esperanza de que esas palabras calaran en ella. Por su forma de mirar al suelo, quizá lo han hecho.

-¿Qué haces para distraerte?

-Vengo a hablar con alguien de vez en cuando, a que todos me digáis lo mismo una y otra vez. Entonces vuelvo ahí arriba, a mi nido ateo, y pienso mucho en ella y se me olvida lo de seguir hacia adelante. 

-Puede que necesites un poco más de tiempo y ya está.

-Ya, puede… Oye, aunque parezcas medio tonto con esas pintas, ¿te apetece venir a comer a casa? 

-No sé yo si lo de los insectos regurjitados me va a molar.

-Ya… Bueno, súbete comida y ya está.

-Vale.

-Hoy no me apetece estar sola.

Desde ahí arriba se veía todo el pueblo y las montañas de fondo. Ciertamente, era un nido espectacular. Tras horas de conversación entre ramas, me he despedido de ella con un gran abrazo. Sus alas, de más de dos metros, me han cubierto entero y, por un momento, no le he encontrado ni pizca de gracia a la soledad autoimpuesta.

  

La cigüeña atea